El malvado probador

Hace unas semanas tenía un evento importante y luego de buscar en mi closet y no encontrar nada adecuado, no me quedó más remedio que ir a buscar algo en las tiendas.

Digo “no me quedó más remedio” porque a mí me gusta comprar cuando veo algo que me encanta, pero odio esas salidas en las TENGO que encontrar algo. No sé lidiar con la presión de tener y me da mucho estrés; pero hay días que es inevitable.

Luego de buscar, buscar y buscar encontré una braga-jumper-enterizo (como lo quieras llamar) que me gustaba mucho. En general no me pruebo la ropa en las tiendas, prefiero la tranquilidad de mi casa, mi espejo y mi luz para ver si algo me queda bien o me queda mal, y si es la segunda opción vuelvo a la tienda y lo regreso. Pero esta vez no había remedio, una pieza como estas es imposible calcular solo con ver la talla y no tenía tiempo para equivocarme, así que me tocó enfrentar al malvado probador.

La braga en cuestión era hermosa, colores alegres, flores rosadas, fondo azul, algo de amarrillo, una tela fabulosa y un corte favorecedor, parecía que nada podía salir mal. Pero mis historias con los probadores no siempre terminan bien.

Entré en aquel diminuto cuarto y comencé por sacarme toda la ropa, es imposible medirse una braga con algo que no sea ropa interior. Toda mi ropa tirada en el piso y yo ahí sola con el espejo y la malvada luz enfocando todos mis defectos directo a mis ojos. ¿Se puede sentir uno más vulnerable? Creo que no.

Algunas veces lo tengo claro y entiendo que se trata del malvado probador, pero ese día estaba un poco distraída y se me olvidó lo que era estar casi desnuda frente a esa luz y a esos espejos.

Ya desvestida mi técnica de siempre es no mirar mucho, ponerme la pieza rápido antes que las luces, las sombras y los espejos me estrellen en la cara mi celulitis y mis imperfecciones en un diminuto cuarto destinado a torturarme. Pero, una vez me puse la hermosa braga la luz seguía diciéndome que eso no era para mi, que la braga era hermosa si, pero no era para mi, y que ni que caminara rápido me quedaría bien. Así que me la quité y salí muy triste pensando ¿si realmente esa era yo? ¿era Dani la del probador? ¿qué me pasó? ¿serán los años?

Definitivamente nadie es perfecto y yo lo sé; pero los probadores son malvados, muy malvados y ese día estaba distraída y dejé que el “efecto probador” me afectara. Salí sin nada en las manos, despavorida de la tienda, pensando en mi celulitis y en lo que me sobra y lo que me falta. Entré a otra tienda busqué una camisa que no necesitara medirme y salí camisa en mano rezando encontrar alguna falda o pantalón en mi casa que me permitiera vestirme decente para la ocasión. Afortunadamente lo logré, porque siempre ayuda tener básicos que combinan con muchas cosas.

No sé que piensas ustedes pero ¿quién inventó estos nefastos y tenebrosos lugares donde todas nos vemos mal?. Si el objetivo de las tiendas es vender por qué nos someten a este cuarto de la tortura, ¿por qué esa luz tan reveladora? ¿alguien se ve bien en esos lugares?

¿También les pasa, o soy solo yo la que odia el malvado probador?

Dani